
Juana de Ibarbourou (marzo de 1892–julio de 1979) fue una figura clave del posmodernismo y una de las grandes voces de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Su obra se distinguió por un vitalismo sensual que celebraba de forma directa el cuerpo y el deseo, algo poco habitual —y muy valiente— en la poesía escrita por mujeres de su tiempo. Con el paso de los años, su escritura adoptó un tono más sombrío e introspectivo, marcado por la artritis reumatoide, enfermedad crónica y progresiva que se agravó con el tiempo.

Julio Alonso Llamazares (n. marzo de 1955) escribe desde el abandono y la pérdida sin caer en una nostalgia complaciente. En su obra, el paisaje adquiere presencia propia y se convierte en un personaje más, custodio de la memoria de quienes lo habitaron.
Su prosa, de marcada cadencia poética, dialoga con la tradición oral y se sostiene en un minucioso cuidado del ritmo y la atmósfera.

Gertrudis Gómez de Avellaneda (marzo de 1814–febrero de 1873) cultivó la poesía, el teatro y la novela, y acabó siendo una de las grandes figuras del Romanticismo en lengua española y una de las escritoras más valientes del siglo XIX. Nació en Cuba, pero gran parte de su producción literaria se desarrolló en España. Abogó por la libertad individual desde una temprana conciencia feminista, y su voz, franca e incómoda para la época, fue defendida con gran intensidad emocional.

Kōbō Abe (marzo de 1924–enero de 1993) fue ante todo uno de los narradores japoneses más originales del siglo XX. Además, fue dramaturgo, guionista, fotógrafo e inventor. Su obra gira en torno a la pérdida de identidad y la alienación en las sociedades modernas, dentro de una atmósfera que combina realismo, absurdo y existencialismo. Se le ha comparado con el propio Kafka, aunque su mirada está directamente ligada a la modernización acelerada y deshumanizante del Japón de posguerra.


